La casa de los Rothberg

  • Autor: Ignacio Martínez
  • Año de escritura: 2010
  • Género: Drama
  • Cantidad de personajes: 2

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Argumento

La obra “La casa de los Rothberg” está inspirada en un hecho real protagonizado por Filomena Grieco y Carlos Rovira, en Montevideo, Uruguay, en el año 2009. Sin embargo, a diferencia de aquel suceso, la pieza teatral deja abierto el final para que el espectador lo interprete a su manera y le ponga el desenlace que desee, siendo únicamente dos las posibilidades: quedarse en esta vida o no por propia decisión.

Indagar en la evolución que tuvo la vida de sobrevivientes de la Segunda Guerra que la padecieron a edades muy tempranas, es, sin duda, un desafío cargado de interrogantes, dilemas y posibilidades. Más aún cuando se trata de reconstruir la vida de un hombre y una mujer, desde su juventud hasta el declive de sus existencias, en el lapso más o menos convencional en que transcurre una obra de teatro. El desafío se vuelve todavía más provocador cuando hay que resolver todos los puntos de contacto durante los años 40 y 50, después los años 70 y 80, y luego concluir en los finales del siglo XX y el presente.

Precisamente, reconstruir ambientes, costumbres, pensamientos y actitudes durante el siglo XX, abarcando etapas de la vida desde la adolescencia hasta la tercera edad, es parte de la propuesta que se suma a la construcción de perfiles psicológicos de los dos personajes, buscando resolver la contradicción principal entre el amor irrestricto a la vida y el inevitable fin de la misma; la fuerza de nuestra relación con los otros y la posibilidad de quedarnos sin ellos o más aún, ellos, que continuarán viviendo, sin nosotros. ¿Acaso hay derecho de privarlos de nuestra propia existencia?

En esa indagación dentro del alma, aparece el dilema del fin de la vida, muchas veces provocado por factores exógenos -la guerra, las enfermedades y las dictaduras que han cobrado persistentemente millones de víctimas y de las que nadie está exento de volverse víctima- junto con la posibilidad de que cada uno de nosotros sea quien determine cuándo y cómo concluirla.

El matrimonio de origen judío-polaco va descubriendo a lo largo de la obra que la muerte no es un momento; que se puede morir casi a diario si sólo se concibe la vida como un transcurso y no como un suceso, donde cada instante no es parte de una cadena que transita, sino que sucede como parte de un gran suceso mayor que es la vida misma.

Esta misma concepción se va fortaleciendo también para el sentido de sus vidas: la vida no es sólo la existencia, sino el valor que tiene cada uno de los instantes que la conforman y lo que ellos, Sara y Daniel, son capaces de construir como algo original y único.

El hecho de que la obra comience por el final y luego se traslade a los comienzos de la vida de los personajes, vuelve a plantear el concepto circular de la vida, como la única forma expresiva que puede representar mejor el concepto de la vida como un suceso.

Durante toda la obra los personajes son producto del tiempo que les ha tocado vivir y de esa manera disfrutarán y padecerán dichas y desdichas, pero al mismo tiempo buscarán permanentemente construir su propia vida volviéndose protagonistas de ella.

Ambos parten de la base de que no hay un destino preestablecido, que la vida no está predeterminada, sino que, por el contrario, los seres humanos pueden hacer el intento de vivirla según se piense, se sienta o se desee. De esa manera, la obra está permanentemente signada por el complejo y difícil equilibrio entre lo que los seres humanos deben hacer, pueden hacer y lo que quieren hacer con ellos mismos y su entorno, aún sabiendo que ese entorno muchas veces determina la vida.

De esa forma la obra también plantea otro dilema fundamental de la existencia: lo que la vida realmente es y lo que puede llegar a ser; lo que la vida puede significar según su devenir en el tiempo que nos toque vivir, y lo que se puede realmente construir a partir de nuestra intervención conciente y plena.

Obra filosófica, La casa de los Rothberg, cargada de temas existenciales, en ningún momento deja de lado el humor, combinado con situaciones expresas o sugeridas que ayudan a sortear diálogos y momentos de intensa introspección y reflexión.

Otro aspecto no menor es la búsqueda de diferentes mundos: el mundo de la Polonia en tiempos de guerra, el puerto de Gdansk y el Montevideo de distintas épocas. En todos los casas aparecen características propias de cada lugar y de las personas, pero también la enorme cantidad de puntos en común que tienen los pueblos del mundo.

En esas similitudes la obra permite apreciar cómo se dan, de alguna manera, situaciones cuyas características son similares. Tanto la detención en los campos de concentración nazis, como las prisiones en tiempos de dictadura, recrean esas semejanzas que Daniel puede identificar por haberlas vivido; otra circunferencia de la vida como suceso donde la vida no se repite, pero puede parecerse bastante porque hay una determinación permanente de situaciones que se interrelacionan.

La obra también indaga sobre la condición de la mujer y del hombre, sus similitudes como seres humanos y sus diferencias de género, atribuyéndole a uno y otro, características bien definidas, a veces reñidas con los conceptos estándares, socialmente admitidos, de mujer y hombre. En este caso Sara se muestra firme, decidida, determinante, mientras que Daniel aparece por momentos dubitativo, dependiente, tierno: Ambos vuelven a su posición de ancianos. Daniel está fuera de su silla. Sara se esfuerza por volver a Daniel a la silla de ruedas. Sara: ¡Daniel, así no puedo! No tengo fuerzas para volverte a la silla. Ya no me dan los brazos y si encima no ayudás, vas a terminar en el suelo. A ver, agarrate de esta silla y ayudame un poco vos también. Daniel hace un esfuerzo. La escena se vuelve grotesca entre una mujer mayor que intenta ayudar y un inválido procurando regresar a su silla de rueda. Daniel: visiblemente triste. Si vos te morís yo me muero contigo. ¿No ves que sin vos yo no sirvo para nada? Sara: Calma. Calma que ya te lo dije: la enferma de cáncer soy yo.

Finalmente, la propuesta del guión incursiona en sugerencias expresas de música, escenografía y vestuario, que complementan con esos territorios la puesta en escena y la dirección, sin perder detalles para el montaje que se vuelven casi imprescindible. Para poder completar el sentido de cada escena, de cada situación y las características de Sara y de Daniel, los personajes requerirán de una gran versatilidad que permita representar jóvenes quinceañeros y ancianos casi octogenarios en una obra que, a pesar de su tragedia, permite abrigar la esperanza de ofrecerle al público otro final.

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